Era pequeñito y muy mono. El grosor de mi muñeca probablemente supera la longitud de su cuerpecito marrón.

Ha asomado la cabecita por debajo de los escombros del edificio en obras, muy cerca de la tetería a la que he ido a comprar el café y el té para la escapada de este fin de semana. Sabiéndose seguro tras la valla de seguridad, se ha dedicado a corretear a sus anchas por el perímetro vallado, tal vez buscando algo que comer, tal vez simplemente obedeciendo al instinto de correr.

He entrado a la tienda y, como siempre que voy sola, me he detenido un instante en el zaguán, aspirando la mezcla de aromas: tés, cafés, chocolates, especias. Siempre que lo hago, pienso que el nombre de la tienda le va que ni pintado.

He comprado cafés fuertes, como me pidieron: café de Kenia y de Guatemala. También he aprovechado para comprar té verde con vainilla, porque me gusta y no sé si alguien se va a llevar té para estos días.

A la salida he visto al ratón: de nuevo escondido, aunque esta vez bajo la tela de protección, asomando sólo los bigotes y parte del rabo. Me he preguntado por qué se habría escondido mientras seguía mi camino a casa. Para hacer el paseo más agradable, he decidido cruzar directamente el parque, en lugar de rodearlo.

Menos de dos minutos después de ver escondido al ratón, ha empezado a llover con fuerza.

Los ratones son listos. Si hiciéramos caso a la Guía del autoestopista galáctico, podríamos decir que son los animales más listos de la Tierra.

Por desgracia llovía demasiado como para ir sin paraguas. No me gusta sacar el paraguas, a menos que corra peligro de llegar a casa calada hasta los huesos y constiparme. La lluvia es bonita, pero los peatones y sus paraguas son homicidas.

Me gusta el olor de la tierra cuando llueve.

Hoy ha sido una tarde de aromas.